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| El bienestar del malestar |
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A los 31 años, Carolina Sborovsky ha demostrado que no pierde el tiempo. Egresada de la licenciatura en Letras de la UBA, ya ha recorrido los caminos del periodismo, es editora y acaba de publicar su primera novela: El bienestar. Esta joven inquieta, oriunda de Concordia, Entre Ríos, se metió con cierta candidez y algo de ironía en los meandros de una generación, la suya, puesta a decidir su destino (si acaso cabe esta palabra tan ostentosa) en una ciudad cosmopolita, contradictoria, apasionada y variopinta como es la Buenos Aires del siglo XXI. "Quise explorar el bienestar como mandato" dice. "La vergüenza y el clima de anestesia que viven los jóvenes de mi generación, al menos, los de esta ciudad". Sborovsky dice lo que dice sin solemnidad ni resentimiento, simplemente dice esto de su propio trabajo: "Siendo del interior me llamó la atención cierto discurso progre que da vueltas a mi alrededor, y junto a él (al discurso, claro) un cierto clima de anestesia, en el sentido literal. Qué tomar (en el sentido literal) para sentirme mejor: la homeopatía discutiendo con el rivotril, las drogas legales compitiendo con las terapias alternativas y las oficiales. Y toda esa jerga psi, imprecisa, errática…" La protagonista de El bienestar tiene entre 25 y 30 años. Sborovsky anda cerca. Cualquiera podría caer en la tentación de confundir a la escritora con la narradora. Pero la narradora se expresa a través de un "diario íntimo", y no parece muy cerca de Sborovsky, más bien suena como contracara. Ella (la escritora Sborovsky) se transfigura para ser otra cosa, la chica anestesiada de la novela, que escribe casi compulsivamente sobre detalles nimios como si fueran trascendentales y que tapa la desdicha de su pareja deshecha con un batería de soluciones momentáneas, superficiales, inútiles. Hay psicoanalistas, un perro malcriado con necesidades sexuales insatisfechas –como la protagonista- y claro, veterinarios; hay ginecólogos interesados, espionaje de mails y, también, amoxidal, reliverán y una batería de sucedáneos de la calma.
La novela de Sborovsky –ágil, fragmentada, graciosa–, se inscribe en la literatura del yo. Esas experiencias literarias contadas a partir de una rigurosa primera persona, arbitraria y caprichosa, como todas las primeras personas. En eso, Sborovsky se acerca a algunos de sus referentes: todo Cesar Aira, el Allan Pauls de El pasado, el Daniel Link de Los años 90 y a lo mejor otra (¿Monserrat?) o la controvertida Un año sin amor, de Pablo Pérez. Claro que la autora, es decir Sborovsky, se ha zarandeado con los clásicos en la facultad y se ha enamorado de la literatura eslava. Habla de Barthes y habla de la poesía de Casas y de otros autores que el cronista no conoce. Y en la promoción dicen que esta novela "expone a contraluz, y con altas dosis de humor, una voz atravesada por la crisis de una separación amorosa, los modos de la psiquiatría, la educación sentimental y el deber-ser. En el camino, los ingredientes del género íntimo, la chick-lit más descarada y el ensayo mordaz sobre el cuidado de sí, se dan la mano casi sin darse cuenta". Si, todo esto tiene la novela, breve por cierto, que acaba de editar El fin de la noche, una curiosa editorial con apenas dos años en el mercado y con un sugestivo catálogo (www.elfindelanoche.com.ar) El escritor y editor Hernán Vanoli cree que El bienestar se plantea como una investigación literaria sobre las consecuencias de esa paradoja: la obligatoriedad de lo saludable para la vida en común. Y tambien cree que El bienestar registra las "dificultades para codificar la experiencia, y donde crear nuevos mapas puede ser más interesante que seguirlos". Sin duda, con sus rarezas, sus originalidades y sus hallazgos, es una novela recomendable. La escritora María Sonia Cristoff (autora, en otros, de Falsa calma, crónicas sobrecogedoras) presentó el libro hace unos días en Buenos aires. Expuso sus "razones" sobre por qué reparó en el original de El bienestar: "El sentido del humor de una causticidad extraña, no corrosiva; la destreza con la que el relato va armando una trama a partir de un código tan difuminante como el del diario íntimo; la ausencia de explicaciones y justificaciones innecesarias; la crítica burlona a las grandes quimeras; las citas implícitas"… etc. etc. Dijo mucho más, todo muy inteligente. Pero de nada sirve hablar "sobre" si no se lee la novela. El cronista cree que no esa una "mera novela para chicas". El cronista cree que pinta algo que sucede, algo que duele, y que divierte. Algo que se mueve en algún lado, un cierto malestar, y que sólo una voz sensible puede traducir en este texto: en este curioso bienestar.
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| Actualizado ( Viernes, 23 de Abril de 2010 11:19 ) |









